Etiqueta: identidad de marca

  • REGISTRO QUE PERSISTE

    A primera vista es solo una credencial vieja, el tipo de documento que algún día alguien plastificó a la carrera para que aguantara un poco más la intemperie. Papel que ya perdió el brillo, tinta que empieza a ceder y un sello desgastado. Pero a mí me gustan estos objetos porque cargan algo más que información: son pruebas de que hubo un tránsito, un propósito, una vida en movimiento, en formatos más rígidos.

    Los textos impresos están compuestos con una tipografía seria, hecha para registrar datos sin adornos. Letras rectas, espaciadas, una Courier es el equivalente más universal, tal vez la American Typewriter; pero ambas con el típico aire administrativo. Pero al verla ahora, bajo el peso de las décadas, se vuelve otra cosa: una voz distante que todavía se mantiene firme. Y al lado, los trazos manuscritos y la tinta del sello rompen la rigidez del sistema, como si lo humano se negara a quedar del todo atrapado en la cuadrícula. 

    La pequeña foto incrustada en la esquina —esa que parece mirar directo a la cámara sin pedir permiso— me toca distinto. No es solo archivo: es una presencia. Y desde que empecé a construir este proyecto de rescatar documentos, he entendido que algunas piezas no entran aquí por lo que me remueven sin hacer ruido. Hay imágenes que se vuelven netamente personales, recordatorios de donde vengo y de lo que sigo intentando entender.

    No quiero convertir esta credencial en un homenaje explícito ni en un centro dramático del proyecto. No va por ahí; ese es otro proyecto, mas que eso un escape a los pensamientos.

  • IDENTIDADES QUE CABEN EN EL BOLSILLO

    Es curioso cómo estos papeles, hechos para durar minutos, terminan convirtiéndose en pequeñas síntesis de identidad gráfica. El rojo exacto, la geometría rígida, el azul que equilibra sin robar protagonismo… todo eso convive en un pedazo de papel que normalmente iría directo al bolsillo o a la basura. Igual, uno sin querer empieza a leerlo como si fuese parte de una colección.

    A la derecha, el contraste es otro. El recibo está desgastado, lavado, casi transparente. Esa tinta térmica que parece desvanecerse a propósito deja números apenas visibles, letras que adivinas más por memoria que por lectura. Y sin embargo, ahí queda registrada toda la coreografía del viaje: la fecha, el número de operación, los euros exactos. Es el tipo de documento que nunca viste como diseño, pero que igual tiene varios elementos: una tipografía funcional (Myriad pro), espaciados apretados, un gris que se pierde con la luz –  es un “papel fantasma”, pero uno que te devuelve el rastro de un día cualquiera.

    Lo que me gusta de juntar estos dos papeles es que, sin proponérselo, hablan de cómo se construyen las identidades visuales de una ciudad. No desde el afiche oficial ni desde la señalización perfecta, sino desde lo que realmente toca la gente:  un ticket térmico, un recibo mal impreso. Ahí también vive el diseño. Ahí se nota cómo una ciudad intenta organizarse, verse bien, ser consistente. Y a veces, cuando guardo estos papeles sin razón aparente, siento que lo que conservo no es el viaje en metro, sino la estética accidental que acompaña a todo lo cotidiano.